Todo decir es deficiente, dice siempre menos de lo que se pretende y todo decir es también exuberante, dice más de lo que se quisiera. Con estos dos postulados comienza Ortega su Axiomática para una nueva Filología. El mejor ejemplo para comprobar esto es remitirse a la propia experiencia, a aquellos lugares en que el lenguaje nos ha traicionado, nos ha delatado o simplemente ha puesto palabras de más en nuestra boca. Pareciera entonces que Ortega no pudo ser más afortunado para explicar en algo el origen de los malos entendidos, de las malas interpretaciones y de la impotencia de "no ser comprendido". Ver que la experiencia reconoce verdad en esto del lenguaje que nos queda a veces corto y a veces largo no es muy ardua tarea... pero, ¿no se tratará de que nos han reducido y convencido de que el verdadero decir, es únicamente un decir coherente, lógico y formal?, ¿no será que nuestra vida carece en su mayoría de esta coherencia formal y predecible y es desde allí de donde sentimos que el lenguaje nos traiciona?, ¿no será, por último, que la espontaneidad y ambigüedad de la experiencia es muy superior a la conceptualización, mediante la cual suponemos debe expresarse todo lenguaje ajustado a la realidad?.Por otra parte, la idea, el verdadero aspecto del decir rígido, posee una figura muy sensual y atractiva, y se nos ha presentado como la correlación perfecta entre lo vivido y lo dicho de lo vivido. Sin embargo, mientras lo primero ocurre en el tiempo, en la carne, la idea se perpetúa en el destiempo, des-arraigada de su origen, volando por las alturas en que vive todo lo que ya fue dicho.
Una idea nunca se da de forma espontánea... se está forjando constantemente en silencio... e incluso si pudiera haber alguna idea-destello, no sería posible de comunicar (único modo de saber que existe tal idea) sin elaboración y construción posterior, es decir, utilización del lenguaje (oral, escrito o como fuere), construcción que requiere formalidad, coherencia y estructura.
Pues bien, hacia donde voy... hacia el supuesto de que las ideas experimentan en su propia construcción la imposibilidad de reflejar transparentemente aquello que le da sentido y vida a la idea misma, pues ésto no posee, en su origen al menos, ni el orden ni la lógica que la idea requiere para ser reconocida universalmente.
El origen de la idea no es otra cosa que la imposibilidad de la idea.
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